sábado, 11 de febrero de 2012

Febrero

Solían hacer eso, dar pasos, primeros pasos que les costaron entender.
Como los lugares que acostumbraron siempre a transitar eran estrechos (pasillos y pasajes eran sus favoritos), no entraban uno junto al otro, y así les costaba darse cuenta lo que le pasaba al que quedaba atrás. Se las arreglaban gritando a las espaldas del otro.
En los turnos donde a ella le tocaba contemplar su nuca (fueron tiempos largos), él daba pasos incorrectos haciéndolos tropezar, por lo menos eso lo hacían juntos. Caían y se levantaban.
Andando juntos, seguros, en dirección al futuro a ella se le ocurría acelerar el paso, quemando etapas, quedando a delante. Lo dejaba atrás del camino y después de un tiempo se avivaba dándose cuenta que algo necesitaba en su camino, en su vida, ahí era cuando se daba vuelta para pedir perdón, entonces, paraban a pensar.
No eran necesarias tantas baldosas flojas, pensaron alguna vez, y  saltaron los obstáculos.
Estaban lejos de crecer pero tan cerca de amarse por siempre… y algo pasó. Cuando el sendero se dividió en dos, al que en aquel momento le tocaba encaminar sus destinos aceleró el paso y se perdió por uno de los tramos no dándose cuenta que el otro a lo lejos se quedaba.
Al llegar a la división el que se había perdido por un tiempo (triste y confundido) trato de reconocer cual camino habría elegido aquella persona que ya no reconocía (ni a la distancia) y equivocándose, una vez más, eligió el incorrecto.
Lo que escuché por ahí es que este mundo les tiene formados pasajes y pasillos para encontrarse y volverse a perder cuantas veces quieran, inconscientemente mientras siguen caminando sus vidas, a veces, se chocan (pero ya no se gritan) y se hacen lugar para mirarse a los ojos y por ser ese momento ya no les importa estar un poco apretados.

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